YPF full

"El jueves María, el jueves!" Los gritos a la hora de la siesta suelen resonar en las esquinas de los barrios; se obstinan a colarse por las puertas cerradas y las persianas bajas necesarias en los días de mucho calor. "No puede ser María!". Alberto le gritaba al teléfono mientras sus 96 kilos y su pancita de cincuentón marplatense en la Bristol se acurrucaban en el sillón de un YPF full. Alberto no estaba solo, Carlos, José, Dario, el Tano y Bodega discutían a la par sobre la renuncia de algún ministro de economía. Sentido común a flor de piel, filosofía de taxímetro, su presencia en el bar de la estación de servicio era incomoda. Los insultos, las risas desmedidas, las antípodas políticas y futboleras resultaban poco agradables para las madres sentadas junto a sus hijos, para los quinceañeras manos inquietas, para los chicos cool con celular en mano y mirada clase media sobradora. Ese grupo allí en ese lugar, en ese momento,a esa hora era un error caprichoso; una que salió mal pero quedó, una postal de trasnoche a plena luz de la tarde.

La falta de creatividad reinante en la asignación de nombres para los grupos de amigos los condenaba: "Los muchachos" comentaban en sus casas al llegar o al partir al igual que otros miles de hombres al momento de cerrar la puerta y enfilar hacia donde se sientan menos solos. Quizás las mesas resonando cucharas contra platitos de vidrio -o plástico dado algunos herejes- ha sido el buen gesto que ha tenido la occidentalidad para con ellos. Un guiño sin mucho argumento que la presurosa marcha de los días había decidido concederles. La paritaria moral que se sentaban a discutir cada martes por la tarde.

La mesa era un lugar intocable. Bodega se las había ingeniado - vuelto mediante- para que los empleados del lugar liberarán La mesa minutos antes que lleguen ellos. Era el lugar donde todos eran iguales; donde la democracia parecía algo más que posible. Alberto había dejado el teléfono sobre la mesa, esperaba un llamado importante. Comento algo de su secretaria, algo de su incompetencia y algo de sus piernas; en en triunvirato de los casos no financio las palabras. El Tano hablaba con Carlos sobre Perón y como ninguno fue lo que él fue. La añoranza los unía; todos deseaban que algo vuelva a ser como fue. Los más reservados y escuetos extrañaban un mechón de cabello, una minifalda en otoño, un metegol y el gana/sigue. Los màs opulentos, animados quizás merodeaban las utopías del pasado, los silencios que irrumpen luego de salir campeón, el Huracán del 73. Todos añoraban algo que fue, todos creían encontrar en esa mirada que extraña el recuerdo del otro. Recuerdo que se abraza pero jamás se comparte.

Nunca está claro cuando Los Muchachos abandonan su mesa y nunca lo hacen de a uno. La impetuosidad de su masculinidad los propulsa de los cómodos sillones y sillas de madera y los precipita hacia una salida vidriada y bien ornamentada. Nunca se saludan Los Muchachos; alguno que luego tendrá que encontrarse ensaya un "nos vemos a las nueve" a lo lejos mientras se esquivan los autos y los surtidores. Las bondades de los dioses se agrietan frente a semejante contundencia discursiva, frente a lo que difícil es llamar amistad. Los Muchachos saben muy bien que nunca pueden confiar del todo en el otro. El juego que les propone el café es entretenimiento de unos pocos: medir que tanto se puede abrir el corazón sin salir lastimado ¿Acaso Los Muchachos no son, al fin y al cabo, un reflejo de la hombría herida? De esa "pulenta" que hay que tener incluso cuando ninguna pollera es tan grande como para acurrucarse a llorar. Los gritos a La hora de la siesta resuenan en las esquinas tanto como las condenadas lágrimas camufladas en la ducha matinal. Los Muchachos lo intuyen pero no lo mencionan, simplemente esperan cada martes por la tarde para una vez más -vuelto mediante- ser los únicos sentados en esa mesa. Los únicos que esconden libertades en cucharitas de café.

Comentarios